jueves, 16 de agosto de 2012

Testimonio de Nelson Aguirre en el juicio por el crimen de Mariano Ferreyra

“Sentí como un piedrazo”

Aguirre fue el primer testigo del proceso oral a Pedraza, la patota de la UF y siete policías. Contó cómo fue herido con dos balas y que vio a un hombre disparar. También relató que las patrullas de la Federal desaparecieron en el momento del ataque.

 Por Irina Hauser

“Cuando empezamos a desconcentrarnos, alguien grita: ‘¡Baja la patota, los de la (lista) verde!’. El avance de la patota era incontenible, venían corriendo hacia nosotros, empezaron a tirar con todo. Palos, piedras y cascotes. Armamos un cordón con quince compañeros para permitir la retirada de las mujeres, los mayores y niños. Nos defendimos para impedir que avanzaran, si no el resultado hubiera sido peor. Ahí comenzaron los disparos. Pensé que era la policía que estaba tratando de dispersarnos. Escuché una andanada de disparos y recibí un tiro en la pierna derecha. Sentí como un piedrazo. Estaba lleno de sangre. Me doy vuelta para escapar y recibo el otro impacto en el glúteo izquierdo.”

El relato sereno de Nelson Aguirre, el primer testigo del juicio oral contra José Pedraza, el grupo de choque y siete policías federales, se detuvo de pronto cuando contaba que se ubicó, herido, junto a un árbol. Le llevó cerca de un minuto romper el nudo en su garganta y poder contar entre lágrimas que en la esquina encontró tendido a Mariano Ferreyra “con un tiro en el abdomen”. Luego vio a “Elsa (Rodríguez) con sangre en la cabeza, que parecía muerta”. Dos datos redondearon su declaración: la certeza de que los patrulleros de la Federal “desaparecen” en el momento del ataque de los matones de la Unión Ferroviaria (UF) y la de haber visto a un hombre de la patota con remera gris o celeste gatillar un arma “agazapado”, a unos 30 metros suyo, mientras escuchaba más detonaciones de fondo.

Aguirre, militante del Partido Obrero, explicó que el 20 de octubre de 2010 había ido con otras agrupaciones a apoyar una protesta de trabajadores tercerizados de la línea Roca. Querían cortar las vías, pero al llegar a la estación Avellaneda –precisó– se encontraron con la patota de la UF que les impedía el paso. Caminaron bordeando las vías, que ocupaban los matones, y al llegar al puente Bosch intentaron subir al terraplén, pero el grupo del gremio empezó a tirarles piedras. Pese a ser ellos los agredidos, añadió, también la Policía Bonaerense los “reprimió” con “balas de goma”. Había gente lastimada e hicieron una asamblea que terminó con la decisión de retirarse. Fue entonces cuando –describió– vio venir corriendo a la patota.

La sola referencia de Aguirre a que los tercerizados y las agrupaciones de apoyo contestaron el ataque tratando de proteger a “los más vulnerables” de su grupo fue aprovechada por los abogados defensores para desplegar su teoría de que no hubo emboscada (que derivó en un homicidio calificado), sino una riña en la que los manifestantes provocaron y agredieron e iban organizados para eso. Primero intentaron que el testigo explicitara que había tirado piedras. “¿Usted llevaba mochila?”, inquirió acto seguido Oscar Igounet, defensor del picaboletos Guillermo Uño. “¿Y qué llevaba ahí?”, reforzó y explicitó que aludía una supuesta gomera.

–Es impertinente esa pregunta. ¡Parece una requisa! –se enfureció Horacio Dias, el presidente del Tribunal Oral Criminal 21.

Igounet insistió. Y le pidió a Aguirre, de camisa blanca y calma implacable, que “ratifique si sólo intentaron cortar las vías”. “¿Qué es Sitraic?”, cizañó, en alusión al sindicato de obreros de la construcción que estaba en la protesta. “¿Cuándo decidieron el corte de vías?”, siguió. “No hace al objeto de la investigación”, chillaron las querellas. “Acá se investiga un homicidio”, señaló el abogado Maximiliano Medina, del CELS, que representa a la mamá de Mariano. Su colega Alberto Bovino acusó a Igounet de querer hacer “tareas de inteligencia”. “¿Quiere intimidar al testigo?”, cuestionó. Entonces irrumpió la fiscal María Luz Jalbert en sorpresivo respaldo de éste y otros defensores, que mantuvo toda la audiencia. “Sí hace a la investigación”, dijo.

“¿Puede explicar a dónde va?”, le requirió Dias a Igounet. “A demostrar que las organizaciones estaban entrenadas” y que “en las mochilas llevaban apoyo de combate”, respondió y justificó que “la patota” opusiera “resistencia, aunque pudo ser excesiva” (sic) ante una “actitud ilícita”, por el corte. Luego dijo que “en Sitraic milita el señor Olivera condenado a tres años por abuso de arma de fuego”. La abogada del PO, Claudia Ferrero, lo cortó con furia: “Lo que está diciendo no tiene nada que ver. El PO es un partido legal”. La sala era una olla a presión. Dias se paró y reprendió a Igounet y Ferrero señalando una puerta lateral: “¡Ustedes dos vengan conmigo acá!”. En el recinto quedó flotando un murmullo ante la atípica iniciativa del juez. Al volver, Igounet pidió disculpas.

Pese a todo, otros defensores insistieron. ¿Un palo no es un arma? ¿Fue desde su casa con palos? ¿Cuándo decidieron acompañar a los tercerizados? ¿Quién lo convocó? ¿Por qué no se fueron si no querían confrontar? Dias volvió a protestar por las preguntas “impertinentes”. Aguirre tuvo que entrar y salir varias veces porque lo que se discutía eran los efectos del interrogatorio sobre su declaración. Alejandro Freeland, defensor de Juan Carlos “Gallego” Fernández –segundo de Pedraza–, clamó: “Déjennos a los que vemos palos, piedras y gresca pensar distinto”. Dias lo reprendió por hablar sin permiso.

El juez también tuvo momentos de humor. Cuando se intentó usar una maqueta de tres metros, aportada por la defensa de Pedraza, para que el testigo indicara con conitos de colores lo que vio, Dias tomó un conito y comentó: “Me sale decirle pituto”, la palabra acuñada en el caso García Belsunce, donde intervino el juez sentado a su lado, Diego Barroetaveña. Los conitos azules sirvieron a Aguirre para graficar la retirada de la policía al momento del ataque. También mostró dónde estaba el tirador al que vio, en Perdriel y Luján, “de pelo corto, chomba gris o celeste”. Desde allí percibió uno de los disparos que lo alcanzaron. El de su pierna derecha sería de una bala calibre 38 (que no se halló) y el que lo hirió en el glúteo y migró hacia atrás de la rodilla resultó compatible con una escopeta. En la maqueta justo faltaba la calle donde pararon la ambulancia, en la que Aguirre viajó con Mariano y Elsa. Ella llegó con daño neurológico. Mariano, sin vida.

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